La nada (incompleta)

Nada. Quedaban sus libros. Quedaba su cama, algo de ropa, su librero. Sus CD’s, sus zapatos, su cepillo. Siete muebles que no sumaban nada. Ilusiones sobrepuestas en una pared blanca; bastante gris. Ocho años se dejaban ver en unas paredes. Esos cuatro muros murmuraban cuentos desesperados. Nada significaba nada. Esa NADA que frustra, que molesta, que entristece y enloquece.

Una nada que invadía el aire, pero no completamente. No había aceptación. ¿Has intentado repeler NADA? Es imposible. Pero él no lo sabía: resistía, luchaba. Y la rutina estaba de su lado. Un vacío cotidiano para llenar otro más doloroso e insoportable: un plan perfecto. Mas a oscuras, cuando la conciencia duerme pero los demonios no, él no tenía como defenderse. Entonces no dormía ya, para no soñar. Pero bien es sabido que los sueños escapan a la noche cuando son ignorados.

Pero, ¿NADA era culpa suya? “No”, decíase a sí mismo el que NADA creó. Se alejó de su purgatorio. ¿Su purgatorio? ¿Realmente le pertenecía? No era suyo: ya no. Estaba más allá de él. Nada era, pensaba. Nada, nada, nada. Le dio la espalda, siguió caminando, apresurando el paso sin saber porqué. ¿Saldría de su casa – lo único de lo que estaba seguro que era propietario –? ¿Qué estaba esperando? Nada. Pero esto último implicaba todo tipo de confesiones, de razones que no existían. Cerró la puerta tras él.

El cielo dejaba ver algunos penetrantes rayos de Sol, casi nada. Pero las nubes eran grandes e imponentes, casi intimidando a los tristes mortales. Las sombras que normalmente resguardan, este día palidecían el mundo y extraían lentamente la vida que yacía debajo de ellas. Ya no había calor, no había nada. Él lo notaba. La tenue melancolía del ambiente sofocaba su cuerpo entero y lo llenaba de un veneno agridulce muy similar a una cruz en la espalda. Siempre sin un porqué.

La nada succionaba su esencia, su corazón. Caminó sin nada hacia una perdición olvidada, un verdugo extraviado en su alma que recordó después de años el nombre de su víctima. Nada tuvo que suceder para que él recordara también el dulce aroma del vicio.

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