Life inside the musicbox aint easy…

He hablado de esto ya alguna vez en otra entrada, pero hoy me volvió a pesar. Los sentimientos, o al menos los míos dentro de su afán por irse de un extremo a otro y de regreso en menos de 1 hora, se dejan llevar fácilmente por los acordes y las estrofas. Puedo enamorarme del aire mismo si así me lo dice al oído el señor Oberst, o puedo, si Cobain lo desea, sentir el olor a espíritu adolescente de nuevo en mis venas. Y bueno, qué decir de Amy Lee, que me puede poner a llorar como si fuera mi problema simplemente por decir, envuelta en una melodía hermosa, “Hello”. Para bien y para mal, esas y otras voces me pueden hacer y deshacer a su antojo.

Desde que me percaté de esta susceptibilidad mía a rendirme a los pies de los grandes del rock, pop, indie o como quieran etiquetar a cada uno de mis amores musicales, dejé de escuchar (y hasta hoy me doy cuenta del posible porqué) Bright Eyes, uno de mis mas grandes romances de los últimos tiempos.

Esto lo atribuyo, al menos parcialmente, a que le tengo miedo. Tengo miedo de que con la misma facilidad con la que Robert Smith me transporta a mi hermoso primero de secundaria, Conor lo hiciera a mis truculentos últimos 3 años.

Bright Eyes, en su momento, me logró transportar, no sin baches, obstáculos e infinitas noches de llanto, a través de terrenos bastante difíciles de los que sigo sin poder hablar. Su voz y su talento para convertir mis pensamientos más oscuros en poemas (porque lo son, digan lo que digan), construyeron un puente algo macabro por el cual caminé durante 2 años aproximadamente.

No quiero volver, ni siquiera en mi memoria, a esos baches que ahorita no tienen razón de ser. Ahora el soundtrack de mi vida tiene un poco más de Nikorette y mucho menos de Waste of Paint (si es que alguien sabe de qué demonios estoy hablando). Y, al notar que mi iPod podía ser una peligrosa máquina del tiempo, no quise tentar al diablo.

A ratos me encanta sentir la música tan intensamente, pero hoy que me doy cuenta que necesito superar muchas cosas antes de escuchar A Perfect Sonnet tranquilamente, ya no me agrada tanto. Es triste como la música que más amas puede ser el mas vívido recordatorio de lo que más odias.

Pero hoy, hoy fue el día en que metí mis temblorosas manitas al fuego. Me estoy quemando un poquito, si, pero espero empezar a temerle menos a esto de vivir la música, literalmente. Talvez un día aprenda a disfrutar la historia sin revivir el sentimiento si no quiero hacerlo.

No puedo volverme a enamorar cada vez que Sharon den Adel me dice todo lo que necesito, ni odiar siempre que Louise Post canta lo que solo tú sabes, ni sacar las galletas de animalitos cada vez que Raine Maida (y si, investigué el nombre del vocalista solo para este post) me recuerda lo inocente que fui alguna vez, ¿o si?

 

 

[Nota: Para el que por alguna razón se haya topado con este post y que por alguna otra extraña razón se pregunte porqué el título, es parte de una canción de Regina Spektor, otra de las bellas vocesitas en mi cabeza]

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One thought on “Life inside the musicbox aint easy…

  1. Que buena post, y me alegra que ya no te sientas como una PERDIDA DE PINTURA, no lo eres.
    Un beso, Diego.
    PS. No te culpes, Veruca Salt hasta a mi me hace odiar a los hombres, haha.

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