10, 9, 8, …

Ayer empezó a acabar todo, empieza la cuenta regresiva. Qué extraño sentimiento. El famoso Día del Candidato: un día en medio de la nada (no es principio de semestre, no es final de semestre, no es nada realmente) cuyo único propósito a mi parecer es recordarnos que de hecho somos candidatos a graduar, que ya casi nos vamos, que ya casi acaba todo. Pronto empezaremos otro camino, cerca o lejos de casa, con amigos o por nuestra cuenta. Ayer empezó a acabar todo.

Por un lado viene la felicidad, inmensa felicidad: terminamos, sobrevivimos, a pesar de todas nuestras quejas, no la pasamos tan mal a final de cuentas. Hicimos y deshicimos amistades, noviazgos, fugaces momentos de adolescencia que se convierte en edad adulta. Qué miedo: somos ya adultos, unos más que otros y unos cuantos solo por la edad, pero lo somos. ¿Quién iba a pensar que tres años pudieran cambiar tantas cosas?

Nos graduamos, ahora si viene la vida. Vienen más decisiones propias, exhilerantes responsabilidades, la vida que hemos estado esperando, o al menos yo lo he estado haciendo: a cada minuto, cada segundo, con todo mi corazón he deseado que esto termine para así empezar de verdad, ahora si con todo.

Por otro lado, inevitablemente, viene la nostalgia. Los amigos que se hicieron, los que se acercaron más a uno, los que hicieron posible el lugar en el que uno se encuentra. Nos ayudaron, nos apoyaron, nos regañaron, nos aconsejaron, pero más importantemente, nos acompañaron siempre. Para algunos de nosotros, además de la cotidianeidad que se perderá, estará la distancia.

No puedo negar que me encanta lograr la meta que tengo desde antes siquiera de conocer a estos queridos amigos, una meta que nunca creí posible y ahora la veo a la vuelta de la esquina. Pero no puedo evitar que duela, porque va a doler, y va a doler en serio. Decir adiós, “hasta la próxima”, “estamos en contacto”: todos eufemismos que no acaban de describir el tiempo y el espacio que nos va a separar 11 meses del año. Son 11 meses de saludos por la mañana, de salidas casuales por un café de media luna, noches de chicas que dan mucho de qué hablar, tardes de películas ligera o altamente perturbantes, sesiones de fotos en mitad de la playa. Esos once meses, o más, que ya no van a estar ahí, que nunca van a ser iguales ya.

Ayer empezó a terminar todo, y héme aquí, en clase de historia, con una lágrima maldita que quiere salir y no la dejo. Si empiezo desde hoy, ¿cómo voy a acabar en agosto..? Con calma, que tendré mucho tiempo para lloriquear como niña pequeña. Tomémoslo con calma, que aunque ayer empezó a acabar todo, todavía quedan  unos cuantos capítulos, así que hay que vivirlos bien. Las mariconadas deben esperar.

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