Ojos secos

No tengo los ojos secos, ni siquera me acerco. He cambiado en muchas maneras, pero no en esa. Mis ojos se llenan con tantas cosas: con miradas, con sonrisas, con historias; con promesas y derrotas también. Se llenan de nostalgia, se llenan de ternura, se llenan de ayeres y de mañanas, de día y de noche, de amaneceres que no logro ver o atardeceres que me perdí pensando en alguien. Se llenan de todo, y sin embargo de nada.

No tengo los ojos secos, pero las lágrimas se regresan, temerosas de ser devoradas si se descuidan, de ser ridiculizadas o trivializadas a falta de alguien de quien fiarse. Regresan a casa y ahí se quedan, hasta que todo está calladito, hasta que todo está tranquilo, y salen y corren y hay veces que no pueden parar. A veces quiero pararlas, a veces quiero que salgan y me dejen en paz.

Y es que no se dejan ver, no quieren ser descubiertas. Apenas llega a mi el sentimiento y ellas ya huyeron, como si alguien fuera a hacerles daño. ¿Hay alguien que les haría daño? Es muy posible. Pero, lo digo bien claro, no tengo los ojos secos. A veces les da pánico escénico, a veces a mis ojos se les olvida cómo se llora bien.

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