La historia más corta

Ayer acabó la historia más corta. Fue una historia de la cual apenas habíamos escrito el prólogo. Prometía ser emocionante, intensa, liberadora, épica. Prometía muchas cosas, pero siempre fue algo falso. Iba a ser otra ronda de semanas y meses sin estar en la misma página, de decir que se siente lo correcto, y sentir que se dice lo incorrecto, de muchas mentiras. Estaba dispuesta a meterme en una ratonera con tal de sacar un clavo que ya es parte de mi piel, es un tejido que sólo cortándolo se va a quitar. Y para cortar necesitas coraje, incluso necesitas millaje, necesitas un sentimiento verdadero y energía para luchar contracorriente. Ya es suficiente (“Enough is enough”, diría Viola.)

Siempre has sido mi mejor amigo, y no quiero que el aroma de unas velas y un puñado de razones equivocadas acaben con eso. Tú dices que nada cambiaría, pero no me quiero arriesgar. Prefiero llorar contigo a llorar por tí.

Ayer acabó la historia más corta. Lo que nadie sabe (más que tu y yo, claro está) es que ésta película, la que sigue corriendo (gracias a Kurt… diría yo), es la historia más larga y más bella que existe. Cómo la construímos sin dejarla caer, no lo sé, pero me encanta. Me gusta tanto, tanto, que un beso veraniego no se compara en absoluto.

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