La mudanza y su hermana la nostalgia

Me pregunto si las casas sienten. O ven, o escuchan. Si sí, y si también pudieran llorar, creo que este mismo cuarto donde estoy ahora estaría llorando. Qué tonto asunto, y es que yo también.

Talvez es la hormona, talvez es la nostalgia, talvez es la mariconada que inunda los aires ultimamente. Pero hoy le lloro (bueno, aun no, pero estoy peligrosamente cerca) a la casita linda mía que me vio crecer. No aprendí a andar en bici aquí, ni a amarrarme las agujetas, ni siquiera a usar los cubiertos de afuera para adentro ni a dejar de subir los codos a la mesa. Aquí aprendí a llorar en serio, a reír también. Aprendí de amistad. Qué diablos, aprendí de amor también.

El otro día estaba sacando cajas de ya mucho tiempo. Esta casa me vio entrar como una niña que gustaba del color morado pastel y jugaba con sus muñecas todavía. Una niña tímida e introspectiva, muy adulta para su edad. Después mi cuarto me vio evolucionar tortuosamente en una pre-adolescente desajustada, no muy contenta ni muy conforme, con brazaletes de Nirvana y muñequeras de Nine Inch Nails y de Sonic Youth, muy por encima de las Barbies y del color rosa. No sin mil noches de insomnio, de llamadas desesperadas a otras amigas pubertas que tampoco sabían qué significaba todo, mis muebles y mi cama me vieron crecer, dejar de soñar y empezar a vivir un poquito, me vieron empezar a sonreír un poco más seguido, un poquito más amplia la sonrisa.

En esta casa me gradué dos veces, me enamoré (o creí en el momento que lo hacía) tres. Por esta casa pasaron buenos, regulares y malos amigos. Pasaron muchos cortes de pelo, muchos cambios de parecer. Me encanta que parece que dejo esta casa ahora que estoy lista. Pareciera que estaba esperando el momento adecuado.

Ahora le toca ver crecer (ahora si, desde el merito principio) a mi sobrinito. Qué cosas tan locas, y él va a estar en el mismísimo cuarto del que he estado hablando. Ya se escribirán en las paredes y ventanas los sueños y aventuras de otra personita.

Es absurdo todo esto que digo, lo sé, pero interrumpí el arte de sellar cajas por uno que otro pensamiento con los ojos empañados y el corazoncito (ahora que ya lo escribí) un poquito menos encojido. Tantas y tantas veces dije que odiaba esta casa, no por las lámparas o las puertas, sino por lo difícil que me resultó a veces permanecer en ella. No puedo decir que ahora la extrañaré (no tengo la costumbre de extrañar objetos inanimados… creo), pero si aprecio su labor, su papel en lo que han sido ya 10 años.

Mañana estaré durmiendo en otra parte, soñando en otra parte. Lo bello es que va a ser esta misma casa la que me despida de mis amigos también 😉

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