Silencio incómodo

Odio los silencios incómodos. Y ya sé que cuando dices “Uy, silencio incómodo” (o como sea que lo digas) tú mismo creas ese silencio incómodo muchas veces, pero aun así, me molestan.

Me molestan porque son segundos, minutos quizá, en que nadie sabe qué decir, ni se sabe quién debería de hablar primero (¿el último que habló o el que no ha hablado en un buen rato?), ni qué hacer bien con ese espacio desocupado, desangelado, abandonado.

En esos silencios incómodos llega las preguntas de, ¿será que ya no tenemos nada más que decir? ¿será que yo ocasioné la incomodidad? ¿será que estamos encontrando las palabras correctas?

Yo siempre intento romper esos silencios, por lo mucho que me causan ansiedad. Prefiero decir algo, lo que sea, y ya de ahí se verá cómo procede. Pero a veces no se me ocurre ni siquiera una irrelevancia que decir.

Por eso te pido que me digas algo. De preferencia que me quieres, pero a falta de eso, lo que quieras. Porque los silencios más incómodos son los que se prolongan entre una pregunta y una respuesta. Y quien sabe, igual y llamándolo incómodo es que lo estoy creando, talvez solamente es una pausa, pero en todo caso, te pido de favor, ya ponle “play”.

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