Dolores, musculares y otros.

Es esa sonrisa agridulce, esa que quiere llorar cuando pronuncio tu nombre.

 

Yo creo que se utilizan más músculos faciales cuando sonreímos sin querer, sin sentir. Sino, ¿por qué más dolería? El mecanismo que transforma la energía inicialmente destinada al llanto en una sonrisa cualquiera – una formalidad, necedad orgullosa, qué se yo – es uno que requiere de grandes esfuerzos: una larga y tediosa caminata que parece no tener final. Sino fuera por el esfuerzo físico, ¿por qué más dolería sonreír cada vez que hablo de tí? No hay razón alguna. Si tú fuiste una página en una enciclopedia de experiencias, de anécdotas de coctel. Y yo, yo fui talvez un párrafo, unas líneas de explicaciones extras, unas notas al pie que pueden ser importantes pero rara vez son leídas.

¿Por qué me duele tu sonrisa, tu recuerdo, tu mención? Será porque corro un maratón para llegar a concebirte, a conciliar mi orgullo con la memoria, a contar tragedias en voz alta y con buen manejo de oratoria.

Mi cuerpo entero actúa a la perfección el desinterés del personaje, pero mis ojos no saben mentir, no saben más que apagarse de la pena y coraje que les da tu historia.

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