De extrañarse

Me preguntan muy frecuentemente por mis nostalgias y melancolías. Me preguntan – porque vivo fuera, y eso da pie a conversaciones de “antes y después” – que a quién extraño màs, que qué extraño menos. Yo, dependiendo de la audiencia, a veces termino diciendo lo que creo quieren oír.
No es que no extrañe nada, sólo que no soy de extrañar mucho. Para mi extrañar es temer que el recuerdo se muera, y entonces ocurre que nos aferramos a las fotos y murmuramos “éramos muy cercanos, no nos vamos a olvidar. No PODEMOS olvidarnos.” Tengo plena confianza en que mis seres queridos en casa no me van a olvidar ni dejar de querer, y si lo hacen, no será tan a destiempo con mi olvido de su memoria también. (Y sé que es terrible de decir, pero es cierto. La gente se separa y a veces se olvida).
Hay, claramente, excepciones: un niño de un año que no tiene la culpa de olvidar a alguien que no ve mas que dos veces al año, el amor no correspondido que ni siquiera se sabe amado, el amigo cuyas cooerdenadas geográficas jamás coinciden. Esas son las historias tràgicas, las que traen lágrimas, las que me hacen extrañar.
No quiero que me olviden pues yo sé que yo jamàs podría olvidarlos.

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