[ Cortesía de ‘Siddharta’ y de mi conciencia turbada ]

Empecé mi romance con los libros como un camino hacia mis sueños bohemios de escritora sufrida, una alucinación adolescente que se fue madurando, se fue adormeciendo, se fue desilusionando un poco, si bien me duele aceptarlo. Con ese fuego que entonces me quemaba viva iba yo a fundir todo lo que leyera, a empaparme de estilo, flotar en mil tramas posibles, o ese era el (iluso y superfluo, si me preguntan ahora) plan. Los libros serían mi andadera, gasolina que iba a echar a andar el talento que nunca creí (y sigo sin creer) tener realmente.

Y ahora lo disfruto, me dejo envolver, me dejo absorber por lo que me gusta, por lo que tiene una fuerza tan grande que la corriente me lleva así quisiera evitarlo. Y aunque cada libro lo saboreo, lo exprimo, lo hago pedazos y lo reconstruyo, hay libros que te someten al proceso de la contemplación. Hay libros con los que no hay nada que hacer, y no hay nada que me llene tanto como ese tipo de lecturas.
Unos textos los he leído con total tranquilidad, saboreando lentamente y sin prisas, cada bocado sencillo, cada pincelada en armonía con las anteriores. Otros tienen un ritmo más acelerado pero que no se siente, las páginas vuelan y el tiempo también, con cucharadas de ingenio y humor que no afecta, esos textos dulces que no se les puede decir que no. Los últimos, los más raros, los que no se dejan describir con palabras, son los que te toman y te azotan contra una pared de lo que no habías pensado, de lo que en realidad eres, de lo que realmente deseas en la vida. Para los que escribimos, son los libros que nos inspiran y nos frustran, los envidiables, los que moldean lo que siempre quisimos decir y lo hacen algo perfecto, inimaginable, monstruoso en su potencial de cambio.

Estos últimos son los inolvidables. Cuando me encuentro con uno de esos quiero leer todos los libros, conocer todos los lugares. Cuando leo uno de esos quiero cambiar el mundo. Leo cada página con extraña desesperación, una ansiedad de querer capturar todas sus letras, todas sus ideas, todas mis reacciones. Quiero transcribir cada fugaz pensamiento y cada sensación en una libreta y poder revisitarla, devolverle la vida. Quiero terminarlo y no quiero hacerlo nunca. Quiero escribirle una canción, quiero dibujarlo, quiero tomar una foto a cada emoción que nació gracias a él y quiero que ni una palabra de ese libro se vaya de mí jamás. Es ahora que quiero ser Hesse, fue ayer que quise ser Figueras, es todos los días que quiero ser Vonnegut, Sartre. Quiero escribirlo todo, quiero que toda la belleza del mundo se torne en palabras y que todas las calles sean libros que leer mientras camino.

Quiero que el mundo sea perfecto y que ese libro que acabo de leer sea uno con todo. Así talvez creería más en mi misma también, creería que esa belleza que está en cada gota de agua está también en las palabras que escribo y que mi sueño bohemio tiene algún sentido, algún lugar tranquilo para ser.

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