Mejor no compartamos nada, pero, ¿y si sí?

Compartir. Un concepto tan raro, para el cual se necesita el concepto de propiedad privada, claro: uno solo está en posición de compartir o que le compartan si algo pertenece a uno u a otro (y no es de la humanidad, de la tierra, del universo).
Creo que compartir, por esa misma razón y otras cuantas tan humanas como económicas y sociales (y culturales, ¡uff! muchísimo), es un acto de rebelión radical, peligroso, fuera de este mundo y el siguiente. Toda nuestra vida pensando cómodamente que el dinero (¡pedazos de papel! qué loco) nos da decisión sobre la materia,  que un contrato (¡otro papelito entintado!) nos da decisión sobre la tierra. En relaciones humanas usamos los posesivos tanto que es inevitable que el egoísmo las penetre: uno es el centro y las demás son personas en relación al centro. Somos hermanos, pero eres MI hermano, somos novios, pero eres MI novio, somos madre e hijo, pero eres MI madre. Y de una vez, “¿me traes mi desayuno, ma?”
Los sentimientos son el absoluto despapaye. Uno da tanto con tal de recibir, que es más transacción (sin culpas ni remedios) que compartir. El amor que uno da no se va de uno, sólo se extiende para dos, para tres, para mil personas, ¿qué no? Eso es compartir. Suponiendo que el amor es nuestro, que no es una energía que está ahí todo el tiempo y solamente la tomamos prestada.

Siempre hemos sabido pensar en propiedad privada, decimos cosas como “yo estoy dando de mí” o “nunca recibo nada a cambio”. ¿Dando de mí? La masa que  soy yo está en el mundo, un mundo sin dueño(s), los sentimientos están ahí, son fuerzas que se extienden y que cada quien las pone en acción de distintas formas. Las palabras toman turnos entre oradores, audiencias, están ahí y si nos sirven las cogemos un rato, las amoldamos, las lanzamos al aire, otro las recoge, las vuelve otra figura, y así siguen, eternas.

 

Todo esto no lo digo porque yo sea un genio, una rebelde nunca antes visto que dejó de usar la palabra compartir para inventar otra, amoldar otra (como decía, las palabras son entes intangibles y sin mucha forma, si acaso columna vertebral. Flotan buscando quien las estilice.). No he yo podido hacer eso. A veces ni siquiera sé cómo compartir.
Me costó trabajo tener a una indigente en casa de un amigo cuando son solo leyes artificiales y no naturales, no holísticas las que condenarían eso. ¿Yo quién soy para indignarme? Una masa que se mueve igual que ella. Que no es dueña de nada igual que yo, igual que mi amigo, igual que las aves, las ardillas, los tulipanes, qué sé yo. Me cuesta trabajo compartir emociones, hacerlas de todo el que me rodea.
Compartir tierra y alma y cuerpo y poesía: lo que quisiera yo lograr. Un día lejano quizá ni siquiera tener que decir que lo comparto. Pero primero dejar de verlo como que me quitan un momento para pervertirlo en algo de entes ajenos, sino un momento que está ahí, un espacio que es ocupado y desocupado, reubicado y clonado. Algo que es tan mío como de la luna que lo ve suceder, y que el tiempo no existe: lo construímos nosotros.

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