Casi ida

El cuarto cada minuto más vacío, las cajas cada minuto más llenas. Maleta en la puerta, corazón encogido, cada latido agridulce por no saber qué sentir.

No es la mudanza, pues en materia habitacional hace ya un buen tiempo que no me siento en casa. Tengo memorias en este lugar pero no las suficientes para crear un nudo en la garganta, no las suficientes para tener miedo a extrañar.

Es el cambio constante, la inestabilidad que me encanta por la adrenalina pero me inquieta un poco por no saber qué podría seguir.

Es visitar México de nuevo, la intranquilidad que me trae eso. La nostalgia, los sentimientos encontrados, el miedo. Cada paso es un paso en la dirección contraria, y regresar se siente incorrecto pero necesario a la vez. Recordar los pasos, reafirmarlos. Todo el dolor que esos movimientos causan.
Es la fragilidad que se deja, que se espera aguante así no se esté ahí, que no se marchite en el camino. La fragilidad que se lleva dentro, de la que nunca me he podido deshacer.
Es sentir que me sigo moviendo, que todo se mueve, que todos se siguen moviendo, pero no conmigo. Quiero agarrarme de todo sin querer darme cuenta que cada cosa tiene su curso, y que ni mis cajas ni mi gente ni mis pensamientos van a estar siempre conmigo. Y que no estoy tan en control como me gustaría estar.

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