Desde una tumba en Suiza se escucha una carcajada.

Veo a Siddharta en todo lo que miro, lo oigo en todo lo que escucho. El tiempo es subjetivo, la forma y el fondo no son discretos, son un equilibrio. La tierra y los insectos y los elefantes y nosotros somos lo mismo. Ningún obstáculo es muy grande si se tiene paciencia, si se tiene fuerza de espíritu se tiene fuerza física. El éxito es del que tiene únicamente el hambre que puede saciar, y no más. Nada es permanente, pero todo lo es en diferente forma. Uno puede ir a dónde sea, pero el pasado se queda con algo de nosotros, y nosotros con algo del pasado. El saber es poder, pero el poder es relevante solamente cuando es sobre uno mismo.

Siddharta está en todas partes: en conversaciones, en canciones, en libros, en los parques, en la comida que preparo intentando alejarme de lo material y entrar en mi persona. Pero Siddharta llega y me dice que no existo. Y es cierto, me veo en el espejo y a veces me siento surreal. Me siento atada a los tontos, a los niños pequeños. Como que jamás saldré de mi caparazón porque la fuerza no está ahí. Mi reflejo es demasiado débil.

Siddharta eres tú también. Haciendo comida para 1, transfiriendo afectos y dividiéndolos en 100, me siento surreal. Siddharta nunca fue por sí mismo, pero ahora, viéndolo en todas partes, tengo que hacerlo más del mundo y menos tuyo. Tú que existes pero ya no conmigo.

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