De la temporalidad

Vuelve mi mente al tema de los cambios, del movimiento necesario para seguir despierto, de lo temporal que es todo. Me encanta y reconforta saber que nada es para siempre: así sea algo increíblemente agradable o ridículamente difícil, me alegra saber que cosas nuevas me esperan, cosas viejas caducan, todo va girando y quién sabe, habrá probablemente situaciones y gente y sentimientos que me vuelva a encontrar un día en el futuro. Uno nunca sabe, y estoy abierta y dispuesta a no saber.

En un modo extraño, me hace sentir mejor el saber que no sé todo lo que me depara el mañana. El saber que me espera una nueva estación con nuevas anécdotas, nuevos errores, nuevos paisajes.
No sólo no creo en la permanencia de nada, sino que no quiero creer en ella. “Las cosas si se dejan de mover es que están muertas” leí una vez en algún lado, y estoy de acuerdo. No quiero estancarme en nada, en nadie, ni siquiera en una versión de mí misma me quisiera quedar por demasiado tiempo.

Sin evolución o revolución no somos nada. Y es cierto que nosotros tenemos remos y que podemos cambiar nuestro destino, pero el viento no lo controlamos, y las corrientes son muy fuertes como para decir que tenemos forma de saber realmente en qué isla, playa o laguna vayamos a parar. A mi me gusta pensar en escalas que voy tomando, con boleto abierto a donde sea que haya cosas nuevas por ver.

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