Dolores patrios

México me duele mucho. Me duele de manera tangible, un miedo que se ha vuelto psicosomático. Mis músculos se tensan de pensar.

Le tengo miedo a llegar en 7 días pues me da miedo sentir los cortes de un país más dividido que nunca, más polarizado, más lleno de enojos y frustraciones y prejuicios que ahorcan en tiempos como estos. No quiero sentir las heridas que tiene mi país a flor de piel, los odios que se guardaban en la espina dorsal y ahora son venas en la frente, anunciando divisiones que existían pero callábamos todos.

 

Me duele mucho mi país pero no por la violencia que se vio el 1° de diciembre, sino por los mil motivos que hay para violentarse. Por la indignación dirigida hacia los manifestantes y la falta de indignación ante la imposición y la burla constante de los gobernantes de México. Me duele también porque a mi me enseñaron entre conversaciones casuales, gestos, chistes y el desafortunado ejemplo que ser un buen ciudadano es dejar al presidente hacer su trabajo, es no hacer nada que pueda ser considerado ‘desmadre’, es no interrumpir el paso a vehículos con ridículas protestas. Y cómo me lo enseñaron a mí se lo han enseñaron a millones. Y a quienes no, se los enseñan a garrotazos los granaderos.

Me duele México porque ser un buen ciudadano es protestar ante la injusticia, es la crítica constructiva al gobierno, es exigir lo que nos corresponde como ciudadanos. Exigir lo que le corresponde al gobernante por lo que se le paga y se le elige. Exigir que entre a Los Pinos a quien elegimos con todas las de la ley. Me duele México por el pánico que se siente cuando quien sea habla de revolución, cuando bien se sabe que la única opción – y lo dice la historia, no yo – cuando el gobierno no escucha a la ciudadanía, sí, es una revolución. Me duele México porque sigue esperando a tocar fondo, y no parece que vaya a despertar del todo hasta que lo haga. Me duele porque aunque es cierto que ser violento no es ser un buen ciudadano, ser un feminicida, corrupto, homofóbico, asesino y un FRAUDE tampoco lo es. Pero uno es más terrible que el otro, porque las mujeres asesinadas no están en las calles tiradas, pero los vidrios rotos sí.

Me duele México porque le tomó un fraude grotesco y evidente para reaccionar, y sólo a pedacitos. Me duele porque aun con una grosería del tamaño de esta última elección, la gente se alza de hombros y dice “bueno, pues si ya pasó, ya qué”. Es cierto que así haya pasado, cada quien sigue estando obligado a hacer su parte, a trabajar por un México mejor. Pero no es “ya qué”. Es un “tenemos que unirnos para que esto no vuelva a ocurrir”. Y unirse es un verbo que debería tornarse más activo en México. Unirse físicamente, mentalmente. Unirse es dejarse de ser políticamente correcto. Unirse es empezar a analizar los medios de comunicación. Unirse es dejarse de partidismos y de falacias lógicas y escuchar todas las perspectivas. Dejarse POR EL AMOR DE JIMI Y TODOS LOS SANTOS de divisiones clasistas, de estereotipos. No todos los manifestantes fueron violentos, no todos los violentos eran pagados para serlo, no todos los que lanzaron bombas molotov eran ni del PRD, ni del 132, LA MANIFESTACIÓN NO ERA ANARQUISTA (LEAN UN LIBRO, MALDITA SEA).

Me duele México porque le cuesta aceptar que hubo un largo camino, pavimentándose desde hace muchos años, que culminó, después de mil voces no escuchadas, silenciadas, burladas, en lo que pasó el 1° de diciembre. Le cuesta aceptar que todos participamos en construír un México en el que la violencia de ese día, sin ser aceptable o deseable, es comprensible. Es algo que se podía esperar.

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