(A)saltos.

Usualmente es sólo un saltico. Pequeño, maniobrable. Visible, pero nada que no se pueda lograr si se tienen las ganas. ¿Ganas? Ya ni sé de qué hablo a veces.

Esta vez me vi enfrentada a un obstáculo olímpico, un salto mortal. Un vacío entre dos tierras que sólo logras si hay un puente. Pero todos los dioses saben que entre estas dos tierras que actualmente me jalan no hay puente fácil de construir una vez se siembran raíces de un lado.

Tener un shock cultural en tu propio país es uno de los sentimientos más conflictivos, más contradictorios, más desestabilizadores que hay. Ni siquiera es sentirse rota en dos mitades, sino quebrajada y reducida a fracciones infinitas. Un rompecabezas que no hay forma de armar correctamente.

Hay un abismo entre lo que creo y lo que vivo y la “casa” que me espera cada Navidad. Me quedo muda de la desesperación de saber que ya nunca tendré una casa en la que sentirme cómoda. Me siento de ningún lado, y eso se siente como una traición a la patria, si es que eso siquiera existe.

Siento que amo a un México que no conozco, un México que he leído pero que he negado sin querer. El México de la mayoría, el México que inadvertidamente he pisado con mi ignorancia y con mi pasividad. El México que todos callamos porque nos da pena cómo lo perpetuamos. Por otro lado me siento extraña en el México que sí crecí: ese México privilegiado, resguardado, casi turístico. El México que ve las noticias nacionales de Televisa y no tiene forma vivencial de saber qué tan falsas e ilusorias son. Me siento extraña no por ser realmente extraña a él, sino por lo mucho que quisiera serlo. Me siento extraña porque la paradoja de vivir de ese privilegio para no vivir con ese privilegio, escapando de ambos Méxicos para intentar conciliarlos en mi propia psique es algo que me reduce a un nudo en la garganta cada mañana que paso en casa de mis papás.

Percibo lo fácil que me fue adaptarme al modo de pensar y de vivir en Montreal, y lo difícil que me resulta a veces la vuelta. Y luego percibo esa comezón que da por querer disculparme por ello. Y para terminar, un piquete que me recuerda que no tendría que disculparme por sentirme más feliz y más cómoda con mis ideas, con mi cuerpo, con la dirección que estoy tomando y con las posibilidades que ahora tengo como ser humano y como mujer y como persona adulta y (en un futuro cercano) independiente.
Veo el acantilado muy cerca y cada vez que vuelo, construyo un puente falso y frágil y lleno de frases hechas que no significan nada. Un puente que me hace retroceder 3 años, a un momento más sencillo de negociar con el resto pero más difícil ya de adoptar genuinamente. Se me ocurren al menos 30 maneras en las que soy distinta y mejor y más de todo de lo que era cuando sólo conocía un huso horario. Y no quiero cambiar eso.

El tener que cambiarlo cada 4 o 5 meses es algo que solamente entristece. Se queda uno sin ganas de andar dando de brincos.

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