Dándole cuerpo al cuerpo

Quiero hablar del cuerpo humano.

Últimamente he estado conectando muchos puntos, muchos instantes distintos en mi memoria: experiencias, anécdotas escuchadas, consejos, conversaciones sobreentendidas. He estado recordando distintos momentos en los que se me enseñó – directa o indirectamente – al igual que a muchos, que el cuerpo humano es algo prohibido. Y no sólo prohibido: algo sucio, algo con lo que no estar cómodo, algo que se debe ocultar, opacar, esconder. El más mínimo indicio de que existe desnudez – de que existe una mujer – debajo de toda esa ropa, algo de mi “pureza”, de mi “dignidad”, de la más íntima instancia de mi feminidad y mi persona se iba a perder. Una silueta siquiera ya es una desvergüenza.

Ni siquiera voy a hablar mucho de cómo el cuerpo del hombre no está tan rodeado por un aura sobreprotectora, vigilante, controladora y opresiva como el de la mujer, ni de mi trauma, por ejemplo, con que los senos sean lo mismo en hombres que en mujeres – si quitas el tamaño y la habilidad de lactar (la cual no es particularmente seductora, al menos en mi opinión) – y sin embargo la sociedad ha hecho de una parte un show, un fetiche y un producto, y de la otra una total irrelevancia que se puede enseñar por cualquier parte.

Voy a hablar de cómo la vergüenza, la censura del cuerpo, la incomodidad bajo nuestra propia piel está trágicamente internalizada. Nos escondemos constantemente; cuando no lo hacemos, dejamos, al no saber qué hacer, que los demás dicten que significa lo que mostramos y lo que no. Y no es que crea yo que todos debamos andar desnudos por las calles, ni que estemos evolucionando de alguna manera u otra al mostrar cada vez más (especialmente las mujeres). Lo que sí creo es que mientras le demos valor moral al cuerpo humano, seguiremos completamente atados y condenados a no conocernos en absoluto. La profundidad de un escote no dicta la calidad moral, ni intelectual, ni espiritual de una persona, una silueta desnuda que se ve en una ventana no determina ningún rasgo de personalidad ni expresa ningún aspecto de la sexualidad de nadie. De la misma manera, un tatuaje no es un indicador de intelecto o capacidad, ni el peso de una persona necesariamente dice algo de los hábitos, higiene o salud mental de esta persona.

Queremos constantemente regular el cuerpo, estandarizarlo, emitir juicios basados en él. Pero somos (o deberiamos ser) nosotros los que le damos significado al cuerpo. A nuestro cuerpo solamente, y nadie tiene derecho a cambiarnos nuestras propias definiciones, límites, símbolos.

No deberíamos de tenernos tanta pena. Creo realmente que deberíamos de jugar más con nuestra propia simbología, empujar nuestros propios límites, deconstruír nuestra socialización. Hacer una verdadera revolución: comenzar a amar nuestro cuerpo. Sólo así podemos usarlo al máximo, pero usarlo como nosotros queremos. No necesariamente como herramienta de poder, de dominación o de manipulación. Utilizarlo para encontrar un balance, para expresar nuestras ideas, para sentirnos mejor física y mentalmente. Para ser lo que queramos y ser los mejores que queramos. Para tener un refugio.

Que una vez re-ocupados nuestros cuerpos, re-inventados, podamos encontrar  bajo nuestra piel el Kamchatka que todos necesitamos: ese sitio decorado personalmente, esa arma de belleza que nos protege pero nos une con todas nuestras demás fortalezas.

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